30/10/14

CRUCES LÍQUIDOS

CRUCES LÍQUIDOS En el mundo de la “modernidad líquida”, como lo describe Zygmunt Bauman, la fortaleza de los vínculos, tal como hasta ahora han ido entendidos, han ido desapareciendo progresivamente, las relaciones son cada vez menos intensas, la posibilidad de cambio, en todos los sentidos está al orden del día, y el hoy y ahora es cada vez menos vinculante e importante. Esta idea de lo “líquido” empapa todos los ámbitos de la sociedad, desde esas relaciones interpersonales hasta los campos de la “alta y baja” cultura. De la misma manera, el propio concepto de cultura se transmuta hacia unos límites rotos donde lo permeable se impone hacia una hibridación donde cada vez es más difícil hablar de lo propio, de lo original. A lo largo de la historia, también las culturas se han ido mestizando, algunas con más suerte que otras. La diferencia con esa “liquidez” de ahora es que en otros momentos ha sido por imposición y somos conscientes de ello, hoy no lo somos tanto y cuando nos damos cuenta hemos abandonado lo original y no nos hemos adaptado a lo importado. Bauman rastrea las peregrinaciones del concepto de cultura y examina su destino en un mundo marcado por las nuevas y poderosas fuerzas de la globalización, las migraciones y la interacción de poblaciones, que ponen en cuestión los lazos entre identidad y nacionalidad. Frente a la realidad de vivir en estrecha cercanía con diversos pueblos, lenguas e historias, Bauman apela a un diálogo entre culturas en el que las comunidades se abran mutuamente e inicien un intercambio que las enriquezca en la búsqueda de una humanidad común. En un espacio en donde el “otro” siempre es el vecino, cada uno recibe un llamamiento constante a aprender de los demás. Quizá ese diálogo podría favorecer una permeabilidad más provechosa, en la que no tuviéramos que abandonar lo propio para beneficiarnos de lo “ajeno”, aunque ya nada no es ajeno, es lo que tiene la globalización. Quizá llegáramos a esto creando un enfoque intercultural que fuera la base de una actitud de compromiso como base de un auténtico diálogo (o ‘polílogo’) entre culturas, tal como lo entiende Josef Estermann en su Filosofía andina. Estudio intercultural de la sabiduría autóctona andina. Ese estado de “liquidez” de la cultura, efectivamente, no sólo pone en cuestión ideales o paradigmas –hasta ahora inamovibles- como identidad y nacionalidad, sino que los ha dinamitado hasta el punto de hacerlos permeables y abrirles el campo inabarcable de la hibridación, de los “cruces líquidos”. Frente a una situación constatablemente histórica donde unas culturas se han instalado e implantado sobre otras, a menudo socavándolas hasta hacerlas, casi, desparecer, la “cultura líquida” aboga y analiza las posibilidades –y realidades- de un momento en que esto, en virtud de una globalización no siempre bien entendida, ya no tiene cabida ni posibilidades de existencia. Cada vez más (tanto por fortuna como por desgracia) las sociedades se hibridan compartiendo formas y maneras que se escogen en una elección más o menos libre. Aparecen tanto nuevos modelos de cultura como de formas de relacionarse, se comparten ideas y modos de obrar que, a menudo, resultan enriquecedores para ambos bandos. La cultura ya no está repartida y seleccionada en compartimentos estancos sin posibilidad de comunicación, más bien está expuesta en anaqueles a la libre elección del consumidor. De la fortuna de esa elección depende que lleguemos a una cultura del entendimiento, del compartir; una cultura híbrida que se enriquece con las aportaciones del “otro”. Al fin y al cabo todos/as somos otro en alguna ocasión. La posibilidad de contemplar a ese “otro” no como vecino sino como compañero de viaje nos hace más permeables y provoca un cuestionamiento de personal que nos enriquece. Este “nuevo mundo”, o esa nueva idea de “mundo/humanidad” a que antes aludía con el pensamiento de Bauman, efectivamente está cuestionando los lazos entre identidad y nacionalidad, ya no somos como antes, o al menos muchos nos forzamos por serlo, buscamos el entendimiento, la construcción de una nueva cultura que suponga un “estar juntos” (Bourriaud), encontrar caminos donde se puedan dar cruces. Desde el punto de vista de las construcciones culturales, la creación artística busca en ese “estar juntos” intersticios por donde se pueda colar una nueva forma de arte que, como digo, suponga una construcción de pensamiento y abordar la cultura y la memoria como una construcción común. Donde se pueda dar un cuestionamiento del concepto de cultura a través del- el espacio y el tiempo, situándonos en los márgenes de la memoria colectiva, para reflexionar sobre este gran fetiche de la sociedad actual: el autor, o, al menos, llegar a reflexionar sobre la posibilidad de la existencia de una idea líquida de autor. Así, cultura y memoria como un constructo social, la pérdida de la autoría individual a favor de una autoría comunal, donde se huye de lo “colectivo” en tanto que sociedad jerarquizada, para usar este término, comunal, como conjunto de personas y comunidades con una intención común. Así nos acercamos, también, a la forma de crear de las sociedades indígenas, donde no había un autor único, sino esa colectividad creadora. Pero para llegar a ese lugar común de la “cultura líquida”, a la hibridación, hay que desmontar antes el mismo concepto de “cultura” y partir de la realidad de que es una construcción occidental (entiéndase europea) y desde occidente se ha entendido de otra manera. Los cruces que hemos de buscar no son otra cosa que ese reconocernos en el “otro” en tanto que igual pero distinto. La posibilidad de una construcción común, donde desaparece la aspiración moderna del autor individual abre puertas a un enriquecimiento insondable. Cruces hace referencia a la doble acepción del concepto, como entrecruzamientos de unos asuntos con otros, como entrecruzamientos, hibridaciones y “contaminaciones” entre la obra de los tres creadores y el teórico; y como signo y símbolo (también de ese entrecruzamiento que supone el arte colonial andino), así como para los europeos tiene un significado y para los americanos otro, pero aquí, en la América colonial, cada uno leía el signo de una manera diferente, y para todos tenía un significado "religioso". Si para los españoles era el símbolo y signo de la salvación, para los indígenas era la Cruz del Sur, una cosmogonía asociada al ñandú. Por tanto, además de otras lecturas, el signo nos sirve desde varios puntos de vista, también como multiplicación, como la multiplicación del trabajo de todos. Esto se concreta en la exposición CRUCES, en la que intervienen Francis Naranjo (con Carmen Caballero), Juan Castillo, Joaquín Sánchez y Juan-Ramón Barbancho.